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viernes, 25 de diciembre de 2009

La nostalgia esmeralda


“En el alféizar la nieve comenzaba a derretirse. Los primeros haces de luz traían consigo un nuevo amanecer y daban calor a los pájaros que se acurrucaban en sus nidos. Muy temprano aún para salir a jugar, Caroline y Andy desayunaban sus gachas y discutían cómo vestir al muñeco de nieve. Mientras, mamá preparaba las bufandas color burdeos y los grandes abrigos dentro de los que desaparecían los pequeños nada más salir al inmenso manto blanco en que se convertían cada invierno las calles de Broadford.”


-¿Qué es Broadford, abuela?


-Broadford es el pueblo en el que crecí. No queda lejos de aquí.


-¿Podemos ir, mamá?


- Ahora no. Deberías dejar descansar a la abuela, lleva un día agotador.


-No, no Cathy. Quiero acabar el cuento…


“El enorme abeto que decoraba el salón de los McKinney brillaba de un intenso verde, el mismo color de los luceros desde los que la pequeña Caroline miraba por la ventana cómo su hermano mayor recogía una ramitas caídas. Papá tarareaba un alegre villancico que de pronto quedó interrumpido. El sonido del horno al cerrarse y un delicioso aroma a manzanas asadas auguraban una agradable tarde.”


-Lo siento mamá, pero tenemos que irnos ya. Di adiós a la abuela, Caleb.


- Adiós abuela. ¿Me terminarás de contar el cuento mañana?


- ¿Qué? Ah, por supuesto, cariño. No me moveré de aquí.


La oscuridad de la noche se desvanece y, con ella, el fulgor esmeralda que ilumina la habitación. Un nuevo día llega y la pequeña niña por fin abandona esa fría y oscura habitación. Envuelta en un suave aroma a leña y pastel de manzanas, regresa a casa, dispuesta a celebrar con su familia otro día de Navidad.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Geek in the Pink: Todo está iluminado, de Jonathan Safran Foer.

Muchas veces, el hecho de que una novela dé lugar a una película conlleva, no sólo un razonable éxito gracias a la popularidad que adquiere, sino también el riesgo de que su esencia quede inevitablemente modificada o transmutada en algo mucho más simple. A esto se añade el hecho de que las historias sobre el Holocausto parecen haber creado un género propio, no sólo desde el punto de vista cinematográfico, sino también literario. Sin embargo, resulta interesante el hecho de que una novela consiga abordar ese tema sin resultar repetitiva y sin permitir que ese aspecto focalice toda la atención del relato.



Todo está iluminado consigue sobreponerse a estos dos elementos en contra. Jonathan Safran Foer es un joven que viaja a Ucrania en busca de la mujer que salvara a su abuelo de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, para lo que se servirá de la ayuda de un joven del lugar, Alex, y la de su abuelo. Su nombre no es lo único que comparte con el autor de la obra. Esta primera novela del joven escritor neoyorkino de orígenes judíos y articulista del New York Times, publicada en 2002, constituye una suerte de semi-autobiografía en la que la tragedia y la comedia conviven en un terreno común que abarca diferentes épocas y escenarios como la Segunda Guerra Mundial, los orígenes del pueblo de Trachimbrod o la propia actualidad, lejos de convencionalismos narrativos. Safran Foer combina la narración en primera persona de Alexander Perchov con la narración omnisciente de los cuentos y relatos que se introducen en la historia, creando una estructura narrativa que va variando a lo largo de la obra.

Amén de estos aspectos más formales, tras la lectura de esta apasionante novela se advierte que, sin duda, la profundidad de la historia recae en los personajes y las relaciones que los unen. Resulta difícil dilucidar cuál es el verdadero protagonista de la historia. No obstante, es Alexander, desde su profunda admiración a todo lo que proviene de América, incluido el propio Jonathan, el encargado de relatarla como testigo, en primera persona, presentarnos al resto de personajes e introducirnos en los diferentes ambientes y escenarios. Es mediante sus opiniones, anécdotas y chistes como el lector consigue entender lo que sucede a lo largo de la novela. Su manera de expresarse en un idioma que no es el propio, algo con lo que Safran Foer introduce la comicidad en su relación con el joven americano para el que actúa como traductor, logra introducirnos rápidamente en la obra e identificarnos con el destinatario de sus cartas. Desde un punto de vista lingüístico, cabe plantearse si la traducción de la novela al español ha conllevado la pérdida de cierta frescura en los juegos de palabras en que en muchos momentos se basa la narración del joven Alex, continuamente corregido por Jonathan. Resulta inevitable preguntarse cuál habrá sido la estrategia seguida por los encargados de la traducción a nuestro idioma.

De esta manera, la interactuación conduce al lector a percatarse de que el lenguaje va siendo cada vez menos cómico, tornándose en una seriedad que impregna la obra y las diferentes historias que en ella transcurren. De igual modo, todos los personajes evolucionan también, descubriendo su verdadera faceta y dejando de lado los arquetipos iniciales con los que se identificaban. Destaca también la figura del abuelo de Alex, quien, sumido en una profunda melancolía, pronto se torna fundamental en el desarrollo de la trama principal.

Del mismo modo, los cuentos repletos de fantasía, mitos y religión que pronto se introducen en la acción principal sin ninguna causa aparente, se erigen, tal y como ya hemos señalado, en otro pilar de la historia. La acción transcurre, por tanto, a dos niveles: un nivel actual, en el que se incluye la acción de los personajes principales, introducida mediante la narración y las cartas de Alex, y otro en diversas épocas pasadas. Todas estas vertientes confluyen de tal manera que van atrayendo cada vez más al lector que, al fin y al cabo, desea resolver un misterio que se torna cada vez más confuso. Se trata de un recurso característico en las obras del novelista, que lo retoma en su siguiente obra, Tan fuerte, tan cerca. Sin embargo, pese a que la novela consiste en la narración en retrospectiva de varias historias no siempre introducidas de manera cronológica, el lector las identifica de manera inmediata, por lo que no cabe lugar para la confusión de los personajes o espacios.

Los ambientes resultan perfectamente definidos. Destacan especialmente por su expresividad la narración del encuentro con la anciana Agustine y la misteriosa complicidad que envuelve la relación de ésta con el abuelo de Alex, así como el tono de leyenda que adquieren los relatos sobre Trachimbrod, el pueblo que dará origen a todos los relatos posteriores. La subjetividad y los símbolos, las cartas y fotografías, envuelven una obra repleta de referencias a cuentos de hadas e historias épicas pero reales, que son utilizados con efectividad para sustentar el relato presente, mucho menos original, pero no por ello de menor importancia. No obstante, es en estos fragmentos de la obra donde el autor deja patente algunas de las claves de su estilo, puramente visuales, como son páginas en las que sólo encontramos puntos suspensivos, o diálogos de determinados personajes escritos siempre en mayúsculas, como parte de su propia caracterización. Es posible, incluso, dar con una palabra repetida tantas veces que llega a extenderse en tres páginas de la novela.

Si sorprende y entretiene la manera en que da comienzo la novela por las altas cotas de surrealismo que alcanza y por la simpatía y verosimilitud que transmiten sus personajes, más lo hace la manera en que el escritor utiliza esto para dirigirnos a un final más trascendental. Nos encontramos así ante una novela de temática profunda aunque exposición preeminentemente cómica, cuyo final parece inevitablemente abocado a helar la sonrisa inicial del lector. Divertida, trágica y conmovedora es, al fin y al cabo, la novela que convirtió a su autor en la nueva revelación de la narrativa norteamericana.


viernes, 20 de noviembre de 2009

Geek in the Pink: Raseros del cine español

Hace unas semanas la polémica asaltaba el sector cinematográfico en España, aunque no por la política de discriminación positiva que piensa adoptar el Ministerio de Cultura, ni por la nueva película de Almodóvar o Amenábar. No. Esta vez eran los aficionados al cine de terror los afectados. La sorpresa saltaba con la noticia de que la última entrega de la saga Saw, Saw VI, había sido calificada como X, es decir, prohibida a menores y, por tanto, a su exhibición en todas las salas no autorizadas para la proyección de este tipo de películas. Los jueces de la comisión que se encarga de dicha calificación consideraron la violencia extrema del film como base de esta calificación, primera vez que ocurría en nuestro país. Una noticia que actuó como un nuevo catalizador de un debate ya latente en nuestra sociedad acerca de la calidad de la mayoría de las películas norteamericanas que llegan a nuestras salas, especialmente aquellas que cuentan con unas campañas de promoción brutales.

Más allá de discutir si la película en cuestión hace gala de una violencia y crueldad demasiado elevada para exponerla en un cine convencional, incluso con la calificación de “no autorizada para menores de 18 años”, destaca el hecho de que pronto comenzara a afirmarse que esto no era más que el resultado del poco criterio que las grandes empresas del sector, más que los directores y guionistas, demuestran desde hace algunos años en sus producciones. No obstante, los principales estudios hollywoodienses dependen en la actualidad de grandes multinacionales del entretenimiento, como Sony, Universal, etc.

Sin embargo, resulta curioso que se diga ahora que la supuesta falta de calidad del cine actual se debe, justamente, a que lo único que mueve la industria del cine hoy en día es el dinero. Sobre todo cuando, desde siempre, el cine ha sido una de las formas de arte más condicionadas por el dinero, motor de este negocio. ¿Quién es capaz de negar el claro componente recaudatorio de las grandes producciones del cine clásico? Lo que no quita que muchas de ellas se convirtieran merecidamente en algunas de las mejores películas jamás filmadas o descubrieran algunas de las mayores estrellas del cine. Por el contrario, en la actualidad se tacha de simpleza a todos aquellos filmes, principalmente los americanos, que cuentan con efectos especiales y con presupuestos muy elevados. Son lo que se denomina blockbuster, término que en la mayoría de las ocasiones implica la ausencia total de un guión o historia interesantes, más allá de peleas y explosiones varias. Pura hipocresía. Nadie parece recordar ya el origen de esta denominación. Nadie parece querer recordar que el primer producto considerado un blockbuster fue la película Tiburón, muy superior a muchas de las películas que reciben ahora tal calificativo y que contribuiría a consagrar la figura de su realizador, Steven Spielberg. Parecemos haber olvidado, además, aquellas películas que, amén de ser infumables, ni siquiera cuentan con la manida excusa de la inversión en efectos especiales para sortear su falta de originalidad.

Y, más cercano a la actualidad, se plantea la siguiente cuestión: ¿debemos “meter en el saco” una película como Ágora, del español Alejandro Amenábar? Para empezar, es posible reconocer en ella una de las características principales de este ‘género’, como son los efectos especiales presentes en toda superproducción de época. ¿Implica eso, por tanto, que se trata de un producto de poca calidad? No necesariamente. Sin embargo, aquí entra en juego otro elemento de la ecuación, la política de protección y promoción de toda producción española. Una política en absoluto irreprochable, pero que en ocasiones induce a la globalización de opiniones sobre el cine español, eliminando sus distintas vertientes. Ciertamente, resulta incoherente que nos dediquemos a dirigir continuos dardos envenenados hacia todas las películas estadounidenses tomando como base la calidad de unas pocas, nadie pone en duda todavía, gracias a Dios, la grandiosidad de los filmes de maestros como Clint Eastwood o Martin Scorcese, mientras en España alabamos todo nuestro cine por igual, incluso justamente aquellas películas que se dedican a imitar a las peores producciones norteamericanas. ¿Dónde colocamos el rasero con el que medimos la calidad de ambos productos?

Retornando al punto de partida, muchos se preguntan aún, no sin cierta lógica, si la decisión del Ministerio de Cultura de calificar Saw VI como X, o, cuando menos, de ratificar la decisión de la comisión designada, responde quizás a la necesidad de la industria española del cine de eliminar la competencia. Aunque, sinceramente, sin menospreciar las estrategias del cine español para aumentar la audiencia de sus producciones, el argumento conspirativo resulta excesivo, si bien la decisión es incongruente en relación a otros filmes estrenados pocos meses atrás y con cotas de violencia aparentemente similares, o incluso superiores, como Anticristo. Aunque esta vez con la firma de un ‘auteur’ como Lars Von Trier, y con pocas aspiraciones recaudatorias.

Amén de todas estas confabulaciones, surge ahora una posible nueva vía de discusión. Hace unos días se hacían públicas las primeras imágenes del remake, término que indica, eso sí, la evidente escasez de valentía, que no de ideas, de los estudios para probar cosas nuevas, de la producción Furia de Titanes. Una superproducción extranjera con localizaciones en las Islas Canarias, que quedan patentes con el visionado del primer avance. Ahora queda ver si apoyaremos también esta película, por la cuenta que nos trae, o bien la criticaremos como un blockbuster del montón. Esperemos que su calidad hable por sí misma y no tengamos que llegar a plantearnos nunca este tipo de cuestiones.