viernes, 25 de diciembre de 2009

La nostalgia esmeralda


“En el alféizar la nieve comenzaba a derretirse. Los primeros haces de luz traían consigo un nuevo amanecer y daban calor a los pájaros que se acurrucaban en sus nidos. Muy temprano aún para salir a jugar, Caroline y Andy desayunaban sus gachas y discutían cómo vestir al muñeco de nieve. Mientras, mamá preparaba las bufandas color burdeos y los grandes abrigos dentro de los que desaparecían los pequeños nada más salir al inmenso manto blanco en que se convertían cada invierno las calles de Broadford.”


-¿Qué es Broadford, abuela?


-Broadford es el pueblo en el que crecí. No queda lejos de aquí.


-¿Podemos ir, mamá?


- Ahora no. Deberías dejar descansar a la abuela, lleva un día agotador.


-No, no Cathy. Quiero acabar el cuento…


“El enorme abeto que decoraba el salón de los McKinney brillaba de un intenso verde, el mismo color de los luceros desde los que la pequeña Caroline miraba por la ventana cómo su hermano mayor recogía una ramitas caídas. Papá tarareaba un alegre villancico que de pronto quedó interrumpido. El sonido del horno al cerrarse y un delicioso aroma a manzanas asadas auguraban una agradable tarde.”


-Lo siento mamá, pero tenemos que irnos ya. Di adiós a la abuela, Caleb.


- Adiós abuela. ¿Me terminarás de contar el cuento mañana?


- ¿Qué? Ah, por supuesto, cariño. No me moveré de aquí.


La oscuridad de la noche se desvanece y, con ella, el fulgor esmeralda que ilumina la habitación. Un nuevo día llega y la pequeña niña por fin abandona esa fría y oscura habitación. Envuelta en un suave aroma a leña y pastel de manzanas, regresa a casa, dispuesta a celebrar con su familia otro día de Navidad.